Hay términos médicos intragables como algunas pastillas aunque su semántica y su dominio científico sean indiscutibles, sin embargo no son interpretados y asimilados comprensivamente por el sentido común cotidiano que circula por las calles; es como si tropezaran con algo y por su puesto dan lugar a algunas dudas razonables. El término asintomático, por ejemplo, aunque su uso lingüístico data de siglos; en esta ocasión cojea un poco debido posiblemente al distanciamiento preestablecido de la misma ciencia con respecto a los usuarios que llaman paciente. Obviamente es alguien sospechoso de poseer, tener, ser un recipiente de aquello pero no manifiesta los síntomas o señales que indican tal cosa. Ni siquiera se ve que le duele. El perfil del sujeto es el de un ser extraño y orejón, cuyo nombre aparece en la ficha como Dobby of Harry y su oficio es el de self, es decir, una copia o alter ego que trabaja en una escuela de magia. Aunque es posible que sea también, el duendecillo que aparenta tener dominio de sí mismo y de la realpolitike, es autónomo, altivo, egoísta, con amor propio pero tímido y agresivo. Tiene los dedos apuñados y la boca abierta como si estuviera argumentando con rabia y de no ser por algunas otras señales que emite, no parece ser supremacistas, ni xenófobo, aunque el traje le queda un poco holgado y mal atado como una hallaca navideña.
La duda por lo general es un pequeño vacío cognoscitivo que cae encima de cualquier pensante cuando es colocado existencialmente en el límite o franja ambigua, ancha y larga que separa salud y enfermedad. Se entiende la salud como un estado natural del individuo y la enfermedad como un accidente del mismo. El asunto se torna complejo cuando es la sociedad, quien se encuentra enferma o está, lo que se dice, propensa, inclinada, predispuesta a ello. De allí que la enfermedad puede ser entendida como un conflicto entre lo individual y lo colectivo. Ella se pega, contagia, transmiten, contrae, mete, llega, se queda, mejoran por un lado pero pasan a ser otra cosa, se curan, repiten, etc. En cada cabeza puede haber una representación de la misma, una percepción que le ubica en esos estados revueltos y confrontados en la línea imaginaria que separa o une, Salud y enfermedad. Un estado de “normalidad”, común sería un equilibrio perfecto o la negación absoluta de uno de los extremos expresados en las figuras y cuadros estadísticos.
Pero; ¿Qué pasa si es el conjunto social quien da señales de estar asintomático como míster Dobby? El aislamiento, la segregación, la cuarentena a las que se somete son paños calientes, aunque den resultados, o no lo den, con tanto esfuerzo y sacrificio, aun no logran calmar 100% la ansiedad. Sintomáticos y asintomáticos son estados o grados obviamente de salud, todos están sanos, tienen que estar sanos, si uno no lo está, es porque todos ya están con lo mismo, sin saberlo. ¡Esta es la sospecha! Bill Gates, de quien creemos que no es médico, ha dicho recientemente que “la única forma de volver completamente a la normalidad es obtener una vacuna que sea super-efectiva”. Entonces, comprándola, poniéndosela, tendríamos el equilibrio perdido y estaríamos seguramente protegidos de aquello, pero jamás normales. La normalidad no es muy estática que digamos y tal vez ya se ha perdido para siempre, así que hasta podría ser peor el remedio que la enfermedad. El mejor mundo posible sería aquel sin ninguna enfermedad pero éstas son apenas efectos; jugarretas del azar; sin ellas, cómo se sostendría el equilibrio poblacional, su mantenimiento, de allí que la reducción, aunque cruel y absoluta está incorporada desde el principio en el diseño junto a la necesidad. Piense se nada más por un instante en lo insostenible que sería la superpoblación. A no ser que haya la alternativa de disponer de otros mundos para mudarnos. De allí que la enfermedad puede ser entendida como un conflicto social incorporado originalmente en el diseño defensivo natural de sus múltiples mentes y que varía, amplia o reduce pero nunca se extingue; tal vez y esto suena cruel, sea lo único que interrumpe la causalidad porque los efectos no cuentan. Las causas cansan y además son muy variables. Una enfermedad siendo un estado de cosas, tiene paradójicamente una imagen flexible y su aparición es azarosa e impredecible, inoportuna; no sólo se torna en un enemigo real sino simbólico y allí, a nuestra manera de ver, es donde produce mayor daño porque ataca también desde esa posición, lo cual causa pánico, histeria colectiva, según dicen los expertos , porque su mal está configurado como si fuera una guerra continua. Estamos pues en un estado de guerra permanente sin saberlo. Un enemigo real ataca, acosa, asfixia, bloquea y hace tantas cosas dañinas para vencer al otro y algunas veces como aconsejaba Sun Tzu, en: El arte de la guerra1, es preferible, retirarse, esconderse, ponerse el tapaboca, incluso algunos pueden rajarse, mucho más si ven que la sociedad mundial, incluso las desarrolladas, se encuentran indefensas ante tal peligro inminente, pero también, y esto es lo mejor del optimismo tardío, una vez conscientes de la amenaza se debe hacer uso de la adivinación y prepararse para avanzar y esperar la ocasión propicia para sacar la varita mágica, no se olvide nunca que estos males pueden ser provocados, es decir causados, producidos en laboratorios y sus agentes productores dan muchas pistas para ubicarlos y si no se les puede ganar al menos, con un poquito de inteligencia o astucia defensiva, se les puede poner a pelear entre ellos y sacarles la lengua a lo lejos.