CENTRO CULTURAL SAN FRANCISCO SOLANO
CENTRO CULTURAL SAN FRANCISCO SOLANO. A PROPOSITO DE PASTOR DEL PRADO
BOGOTA DICIEMBRE DE 2018
Bogotá, Diciembre del 2018

Señora Navidad,


Con la misma timidez que cuando niño sentía al pedirle mi regalito, hoy le escribo con la madurez adulta y la misma desconfianza de recibir al pie del Arbol y junto a Papa Noel, el paquete que sacie mi deseo.

No le escribo al Niño Dios, porque desde aquella época aprendí que los regalos los escondía bajo la cama de nosotros, mientras mamá, apenas si podía comprar algo para darme esa noche, a la misma hora en que tenía que atender a toda la familia con el ajiaco, el postre de natas, las galletas de mantequilla y los vinos con que elevarían sus deseos en el optimismo por un año que comienza  a agonizar y otro que trata de nacer junto al Jesusito que les es tan difícil amar.

Le quiero recordar en estas fiestas de amor, cómo me levanté en ese hogar que acogió a mi madre como empleada del servicio doméstico, en el momento desamparado de gestación y pobreza que la llevó a golpear a su puerta; de mi padre solo tengo la foto que guarda ella con las huellas dejadas en las arrugas y resquebrajaduras ocasionadas por el manoseo lloroso del recuerdo ingrato que apenas deja ver un rostro masculino bajo el chacó;  todavía la escucho, muchas noches,  darle gracias a ese, su único hombre, por sembrar en ella mi vida; en su vientre tan pobre y huidizo como el de Ma. Santísima camino de Belén.
                                                                                                                         
A la vez conmigo nació el único hijo de los patrones; tan solo que fuimos separados por unos cuantos kilómetros de distancia entre el hospital y la clínica que nos dio acogida como peregrinos de la vida, entre persecuciones de Herodes y violentos acatando la orden de asesinar a los recién nacidos,  costumbre que lleva dos siglos y un poco más, extendida por la injusticia de la guerra  sobre toda la humanidad, en este planeta que habitamos.

Crecimos. Recibí la educación básica en colegios oficiales y fui asiduo visitante de las bibliotecas públicas. La adolescencia la crucé mientras hacia el bachillerato con la ilusión de obtener ayuda para adelantar mi carrera de Relaciones Internacionales y Diplomacia, que sabía, representaba el esfuerzo de la competencia con jóvenes  de poder económico, mientras yo -seguramente- no tendría ni para los libros, tampoco para la ropa.

Concursé y gané la convocatoria con una beca en la universidad  dedicada a formar la clase dirigente del país, en nombre del Santo que amó a los pobres.

Estoy adelantando el sexto semestre con las mejores notas  de la Facultad, no solo por retener la condición de becario, sino porque soy consciente que solo mi preparación intelectual, el desarrollo de mi inteligencia, la dignidad y el ánimo luchador que me infunde mi madre, son las mejores herramientas para llevarnos a la calidad de vida que como personas honestas merecemos.

Usted, que es energía, que encarna el espíritu del Amor Universal, es testigo de cómo llevo  la angustia a mis espaldas y de cómo hasta la pasión y el afecto se congelan ante mi realidad, de la misma manera que los Europeos entre la nieve y con el hielo construyen  y adornan su abetos con velas alumbrando el camino recto de la vida.

En la Universidad nadie sabe quien es mi madre; tampoco saben donde vivo; ignoran que mis bluyin están rotos más por viejos y pobres que por la moda; desconocen que no rumbeo por insolvencia y no por consagración al estudio; no suponen que ando solo porque no puedo invitar -tan siquiera a mi amiga-  a un bar; cuando lo hago, hemos pasado semanas ahorrando, mi madre y yo, para luego, al amanecer en nuestra humilde alcoba repetirme:
-No te afanes…Espera...Ya podrás encontrar una mujer que te ame pobre; no te engañes si ella te deja por la diferencia social; aprende que eres tú quien debe escalar y  arriba la encontrarás.

                                                                                                                             A estas calendas, poco he visto a mi "tocayo" de nacimiento; el hizo la primaria en un colegio bilingüe y se fue a estudiar al Canadá; ahora cursa una profesión nueva y competitiva en el mundo industrializado; es verdad, lo aprecio; también es verdad que tiene detalles conmigo y que me envía por la internet algunas postales recordando la infancia o contándome sus progresos; es tal vez, el único joven en quien confío; lo se íntegro como su hogar y noble como el cometa que anunció el nacimiento de ese ser justo hasta hoy casi incomprendido -yo diría- más bien explotado por los mercaderes que él mismo arrojó del templo.


Pero, sí sabe?....Cada 24 de diciembre, él me envía un buen suéter de invierno o una chaqueta; sus padres siempre  me regalan ropa. Mi madre, en cambio, así como me procuraba algún juguete, ahora me da  un sobre con sus ahorros y su llanto sobre las mejillas cuarteadas bajo los ojos escrutadores y esperanzados. No me quejo, siempre cada año esa es mi mejor Navidad y la más agradecida Noche buena.

Por eso Señora Navidad, le escribo tímido e inseguro. Espero que el Hado  de la fe me abra el camino que cada día desyerbo, que cada día cruzo pisando las espinas unas más agudas que otras, para que al final los compañeros de estudio no me rechacen, pues el día del grado les mostraré la humildad de Jesús, al presentarles  a mi madre, tan grande y sacrificada como la del Niño bondadoso que nos enseñó a amar sin reparos, desde un pesebre abrigado con la esperanza de la equidad y la certeza de que cada uno somos la prolongación Divina de la creación perfecta, tan solo que, maltratada y olvidada por la codicia y los valores invertidos.

Feliz  Noche buena, Señora Navidad!

Cariñosamente,
                                 edda
                       Tertulia Tienes  la Palabra

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